No quería
pensar en la verdad. El autoengaño siempre le resultó, pensaba que era una
maravillosa forma de sobrevivir. Cuando él le tocó el timbre, ella ya estaba
lista. No quería parecer nada menos que alucinante. Entonces, se tomó su tiempo
para sentirse linda. Realmente no quería
pensar en la verdad.
Cuando le
abrió la puerta, ya no era el presentimiento anunciado de siempre lo que la
golpeó.
La golpeó
otra cosa. La golpeó Mike Tyson en la cara, se le cayó la reja de la puerta en
la cabeza y de la manera más asesina, dejándola dolorida y estúpida, o algo
así.
No vio nada
en su mano derecha-pero… ella era la zurda…capaz que en la otra sí-, aunque
tampoco vio algo en su mano izquierda.
No vio nada
a lo lejos, como escondido detrás del Fiat.
No vio ni
un indicio-ni uno solito y chiquito y golpeado como ella- en ningún rinconcito
de la puta callecita donde vivía.
Pensó- no
puede ser.
Y se
repitió- no, esto jamás va a existir.
Y vio su
carita ridícula no entender ni mu sobre lo que ella quería ver.
Cinco años
después, iglesia del Socorro mediante, tampoco quería pensar. Como si en
algunos momentos de su vida, simplemente su cerebro no tuviera nada que decir.
Le
fastidiaba el moñito azul cosido en la media de lycra.
Todo lo
demás, estaba bien.
Porque él
se acercó a ella, y sonrió.
Finalmente.
No vio nada
en su mano derecha pero…el también era zurdo, y esas manos sí tenían algo para
darle.

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